Nuestra mariposa

Adolfo Flores

  

La mariposa permanece con nosotros y nos vigila a través de un fino cristal. Bellísima, durante años, luce la indumentaria que le otorgó la metamorfosis. Suele posarse en el corazón de la casa sin sobresaltos. 

No siempre fui consciente de esto.

La mariposa se posaba en un libro que siempre leía mi esposa. El libro me reveló que estos insectos voladores se alimentan de las lágrimas de las tortugas del río Taricaya. Miré el libro con desconfianza, pues creí por un momento que era un libro de mentiras. De alguna forma me sentí agredido. Fue en ese documental que descubrí el detonador de mi verdadero descubrimiento. La caducidad de las mariposas era de treinta días aproximadamente. Entonces, la desconfianza me obligó a echarla de nuestra casa, pues yo no estaba de acuerdo con tal despropósito.

Durante varios días, absorbido por el trabajo, sorprendí a la mariposa posada en los ojos de mi esposa. Nunca hubiera imaginado, que, aproximadamente, por muchos años, bebía de sus inmortales lágrimas. 



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